Rosa Montero: «Llevo años escribiendo novelas de sobrevivientes»

La autora de La loca de la casa publicó La buena suerte, una novela que, a grandes rasgos, trata sobre «el Bien y el Mal», a través de una historia marcada por la violencia doméstica. Triste por la pandemia y optimista por la «capacidad de resistencia» de la especie humana, Montero también motorizó un libro colectivo, que tuvo su origen en su página de Facebook y que terminó reuniendo 168 cuentos –21 de ellos de autoras argentinas– escritos en 23 países.

“El infierno está aquí, somos nosotros”. La violencia contra niños, mujeres y pobres nos coloca ante un abismo aterrador, una oscuridad perturbadora que cuesta mucho mirar cuando emerge de las entrañas de la familia. La escritora Rosa Montero sabe que la ficción permite construir una relación más compleja y ambigua con el mundo. En La buena suerte (Alfaguara), un arquitecto se confina voluntariamente en un pueblo perdido para intentar un nuevo comienzo. Aunque la herida por el vínculo con su hijo tal vez nunca cicatrice, conocerá a una mujer que pinta cuadros de caballos, una chiflada encantadora a la que le gusta cantar como Rosalía, que sueña que está andando y que cuanto más quiere cruzar el puente “más se mueve y tambalea”. La virtud de Montero como escritora consiste en captar los desplazamientos más sutiles, pero también esos temblores más lúgubres y luminosos del miedo a vivir.

En la sopa química de Montero (Madrid, 1951) “la alegría es un hábito”, se podría decir citando una frase de su última novela, dedicada a su madre Amalia Gayo, que murió en marzo, a los 99 años. “La lectura siempre ha sido mi talismán salvador, pero durante la primera semana de confinamiento no pude leer nada”, recuerda la escritora en la entrevista con Página/12. La autora de las tres novelas protagonizadas por Bruna Husky, Lágrimas en la lluviaEl peso del corazón y Los tiempos del odio, y el libro de ensayos La loca de la casa, empezó a revisar y corregir su última novela en marzo. La corrección la conectó con nuevamente con la realidad y pudo escribir los artículos para El País de España, donde trabaja desde 1976. Para surfear el oscuro cimbronazo que provocó esta pandemia, se le ocurrió programar encuentros a través del vivo de su Facebook, que se fueron transformando en una especie de taller de escritura creativa y luego alcanzaron la forma de un libro colectivo: En cuentos con Rosa 

–“Los monstruos se ocultan en el lóbrego vientre del silencio doméstico”, se lee en una parte de “La buena suerte”. ¿Por qué escribiste una novela sobre la cara monstruosa del ser humano?

Esta es una novela sobre el Bien y el Mal, y el Mal es un gran monstruo que lo devora todo; es una novela también que habla del triunfo del bien sobre el mal. No es una cosa voluntarista mía; hay una lucha en el ser humano, desde el principio de los tiempos, entre el bien y el mal. Ya en la época de las cavernas había trogloditas que como estrategia de supervivencia elegían la cooperación y se dedicaban a cuidar de los enfermos y los viejos, y otros trogloditas que elegían como estrategia de supervivencia la depredación; entonces le abrían la cabeza con una piedra al más débil para robarle su filete de mamut. Esta lucha entre el bien y el mal ha existido desde siempre. Pero el bien va ganando, con momentos terribles, con bocados del mal aterradores, con enfrentamientos que pueden volverte loca, porque el mal sin sentido es enloquecedor. Esta es una novela sobre los monstruos que habitan en el mal; pero el bien, pese a todo, es capaz de triunfar sobre esos monstruos.

–Algunos personajes de esta novela comparten el hecho de haber sufrido la violencia en la infancia, incluso aparecen casos reales como el de Sara, una niña de cuatro años que fue asesinada en 2017 por la pareja de su madre, después de haber sido violada y maltratada. ¿Por qué te interesa trabajar este tema desde la ficción?

Una de las representaciones mayores del mal absoluto son los infiernos domésticos, los infiernos familiares; esas familias enloquecedoras que se dedican a torturar a sus propios hijos, a violar a sus propios hijos, a matar a sus propios hijos. En mi novela aparecen casos policiales, algunos muy conocidos. Yo no creo que haya representación más grande del mal, de lo siniestro, como decía (Sigmund) Freud, que el horror de lo cotidiano en esas familias que deberían ser el nido, la protección de los niños por parte de sus padres y sus madres.

–¿Cómo trabajaste la escritura para que un tema tan espeluznante apareciera en la novela de una manera luminosa?

–Eso se lo debo al personaje de Raluca, que al principio tenía mucho menos papel y que se fue comiendo la novela; entró en el libro como un torrente de luz y con el título de la novela debajo del brazo, porque la novela antes se llamaba El silencio. Yo llevo muchos años escribiendo novelas de supervivientes porque el ser humano es un superviviente extraordinario; mis primeras novelas eran más derrotistas, pero luego he ido aprendiendo que hay una luz al final, porque creo en ella y es mi visión básica del mundo. Esta novela salió luminosa gracias a Raluca, una mujer que es como la fuerza de la vida, un animal lleno de luz que, a pesar de todo lo que le pasó, está llena de alegría. Me encantaría tener una amiga como Raluca, me encantaría conocerla porque es capaz de iluminar hasta el más oscuro abismo.

–¿Raluca no se parece a vos por ese entusiasmo y vitalidad, por esa alegría de vivir que tiene?

–Sí, reconozco muchas cosas en ella, pero Raluca va mucho más allá: ella es una locomotora y yo soy un trencito de juguete (risas).

–En la novela hay un personaje que tiene un brote. No es la primera vez que aparece la locura, ya la trabajaste en los ensayos de “La loca de la casa”. ¿Qué te interesa explorar a través de la locura?

–Como tú sabes, porque sé que lo has leído, La loca de la casa es una frase de Santa Teresa que se refiere a la imaginación. Ahora estoy escribiendo un libro de ensayos sobre creación y locura, un tema que siempre me ha interesado muchísimo y que está en otros libros; en Los tiempos del odio hay un personaje, Ángela, que tiene graves problemas psicológicos. La normalidad no existe, lo que llamamos locura está muy mal definida. Si yo te digo ahora que acabo de ver a un demonio, alguien que me ha hecho señales y me ha aterrorizado, dirías que me he brotado; pero si estuviéramos en el siglo XII, me preguntarías cómo he hecho para librarme de él. Lo que llamamos locura es una ruptura de la narración social. La locura es una enfermedad física también, como una hepatitis, y la puedes tener más fácilmente si estás estresado. O sea que somos una mezcla de nuestra mente, de nuestra cultura y de nuestro ambiente, de nuestro físico y de nuestra sopa química; que hay una influencia de nuestra sopa química en lo que llamamos locura eso está claro. La reivindicación de aquellos que la sociedad considera locos es algo que he hecho mucho tanto en mis artículos periodísticos como en mis novelas.

–En la novela, un médico dice sobre uno de los personajes internado por un brote que no debería estar internada. Aparece un cuestionamiento hacia la facilidad con la que se interna a alguien y se lo clasifica como “loco”, ¿no?

–Depende mucho de cada caso, si necesita tratamiento para que no se haga daño, por ejemplo. No es que viva diciendo que no hay que internar, pero sí lucho contra la estigmatización y contra la etiqueta que les pone una psiquiatría tradicional, una etiqueta que no te puedes sacar de encima y todo lo que tú hagas el resto de tu vida va a ser juzgado por eso. Nunca decimos “canceroso” a una persona enferma de cáncer, pero hablamos de un loco o una loca, como si el desequilibrio mental fuera todo lo que esa persona es. Y es mentira; no es más que una enfermedad que tiene esa persona, que puede tener sus altibajos.

–“Los muertos nunca se van solos: se llevan un pedazo del universo”, dice Pablo hacia el final de la novela. La frase hoy resuena de una manera especial por los muertos por la Covid-19. ¿Cómo explicás ese poder que tiene la ficción para captar lo que está por llegar, algo de eso que llamamos “futuro”?

–Ese poder es la magia que tiene la literatura. Yo estaba viajando en un tren AVE camino a Málaga a dar una charla y levanté la cabeza y vi un cartel “Se vende”, en un lugar horrible, que era como el ejemplo de la fealdad urbana más terrorífica, y pensé: si alguien se baja en la siguiente estación y vuelve a este pueblo sin saber porqué. Y así empezó la novela. Cuando llegué al pueblo, me preguntaron cómo nacen las novelas. Y les conté lo que me había pasado y les dije que sabía que iba a ser el principio de una novela. Y sé el día que fue porque sé el día que fui a dar la charla: 29 de abril de 2017. El borrador final de la novela es de principios de enero de este año; no tenía idea de la pandemia. Durante el confinamiento hice la revisión final de la novela, pero no cambié nada sustancial para adecuarla a la pandemia. Y sin embargo, tiene un montón de cosas vinculadas con la pandemia. Pablo, el protagonista, digamos que no solo se confina, sino que se pasa todo el tiempo con toallitas desinfectantes (risas). El protagonista acaba de vivir un apocalipsis, se le ha hundido su vida y está intentando rehacerla, que es lo que nos está pasando a todos hoy. Incluso una de los epígrafes de la novela de Lorenzo de Médici –“quien quiera estar contento que lo esté, del mañana no hay certeza”– estaba escrito antes de la pandemia. Esa frase la escribió Lorenzo de Médici en pleno renacimiento y ahora resuena brutalmente.

–¿Cómo estás viviendo este momento en el que se resquebrajaron muchas de las certezas que nos constituían?

–Estamos viviendo una crisis mundial: hubo 2.800 millones de personas confinadas al mismo tiempo. Esto es increíble. Yo lo estoy viviendo con mucha tristeza; en España ha sido muy duro y ahora mismo los rebrotes están muy fuertes. La primera ola fue durísima con muchísimas muertes y pabellones deportivos para recoger a los muertos porque no cabían en las funerarias. Estamos todos viviendo un shock postraumático; es una herida y un duelo muy grande que hay que hacer y que nos va a llevar mucho tiempo. Todavía nos queda uno o dos años más de pandemia, y luego cuatro o cinco o seis años de la resaca económica, que va a ser brutal. La verdad es que estoy muy triste porque es un dolor colectivo que no se puede menospreciar. También yo siento esperanza en la capacidad de resistencia y de reinvención que tiene el ser humano. Ni siquiera sospechamos hasta qué punto tenemos esa resistencia. Hay un refrán castellano que dice “Que dios no te mande aquello que puedas soportar”. Confío en nuestra capacidad de resistencia, que es inagotable.

–Con dos años más de pandemia en el horizonte, ¿habrá también un cambio en el arte, en los modos de escribir y publicar?

 

–El arte y la cultura nacen de lo que somos, habrá que ver cómo transitará el arte estos abismos. ¿Cómo manejó el arte la segunda Guerra Mundial y los hornos crematorios? Ahí está (Theodor) Adorno, que dijo que no se puede hacer más poesía, una equivocación monumental porque justamente ahí es cuando hay que hacer más poesía, y también está toda la narrativa y los ensayos que se escribieron durante la posguerra. Quizá dentro de cinco o diez años aparezca una ola de novelas que tratan de personajes encerrados. ¿Qué mitos vamos a construir de todo esto? No lo sé; están por hacerse. Ya estábamos en un mundo muy cambiante por las nuevas tecnologías. Yo no creo que la literatura salga tan mal parada, en el sentido de que a partir del confinamiento muchos han redescubierto la lectura. Pero a otras artes, como las artes escénicas y la música, les va a costar mucho más recuperarse y van a tener un futuro inmediato más complicado.

«En cuentos con Rosa» 

La vida puede ser muy luminosa cuando la creatividad y la cooperación construyen una especie de red mundial de la esperanza, aun en la más negra noche de la pandemia. En cuentos con Rosa es una colección de 168 cuentos escritos en 23 países, divididos en dos tomos “Carmín” y “Chocolate”, inspirados por Rosa Montero mediante el streaming de su cuenta de Facebook. “Esta bonita historia empezó el 14 de marzo, con el confinamiento. Era tal la angustia reinante que pensé en hacer algo para intentar animarnos un poco”, recuerda la escritora española, premio Nacional de Periodismo (1981) y Premio Nacional de las Letras Españolas (2017). Un día antes, el 13 de marzo, murió su madre, Amalia Gayo, a los 99 años, a quien le dedica los 168 cuentos, publicados por la editorial mexicana Literálika, que están a la venta por Amazon a 5,99 dólares. Lo recaudado con las ventas del libro será donado al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur).

 

 

A Montero se le ocurrió organizar encuentros en vivo en su Facebook todos los miércoles y sábados. “Muy pronto las citas se convirtieron en un taller de escritura creativa; fueron seguidas en directo por cientos de personas y en diferido por miles. Provenían de diversos rincones del planeta y se arremolinaron en torno a mí, pillándome tan de sorpresa con su apasionado entusiasmo que me vi arrastrada, o más bien levantada en volandas». «Ese hermoso huracán me hizo volar”, escribió en “La piedra de la esperanza y el panal de abejas”, una columna que publicó en septiembre en El País de España. De los 168 cuentos, 21 son de autoras argentinas: Andrea Centeno con “Apenas un cuerpo”, Marcela Torreblanca y sus “Doce campanadas”, Patricia Arenas y el relato “Loca Habana”, Valeria Villa con “La cigüeña”, Ángela Gómez y “Uno más uno no siempre es dos”, Adriana Lanzi con “Idilio imaginado”, Gisela Meier con “Dulces senos”, Andrea Roust con “Urdimbre”, María Ernestina Pozzebon y “Certezas mal rimadas”, además del escritor Javier Schmalsz y el relato “Reencuentro”, entre otras.

“Hicimos diversos ejercicios, y uno de ellos consistió en definir un personaje con sólo dos frases. Mandaron más de cuatrocientas definiciones; escogí seis, y entre ellas la gente votó dos”, explica Montero. Para entonces, llevaban ya dos meses de taller y la escritora decidió poner punto final. Pero les sugirió que no dejaran de escribir y que redactaran un cuento en el que interactuaran los dos personajes. “¡Madre mía! Fue como tirar una piedra contra un panal de abejas: inmediatamente se levantó un enjambre zumbando y brillando y dibujando rizos en el aire. Luego alguien dijo que esos cuentos podrían formar un libro. Resultaron ser dos”, agrega la escritora española, que contó con la colaboración de Alejandra Albert desde España, la mexicana Chantal Mas Moya y la argentina Andrea Roust. “Esta explosión de creatividad y empática alegría ha surgido en la más negra noche de la pandemia –advierte Montero-. Es una prueba innegable de que la luz y la esperanza existen”.

FUENTE: PG12

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