Paula Pérez Alonso: «La novela busca rehuir de la idea de un mundo ordenado»

La autora despliega una gran historia de amor en la que no hay oposición entre animal y humanos, a partir de la relación de la protagonista con un perro que anda sin correa. El libro dialoga también con el movimiento animalista y la lucha contra el especismo.

Las fronteras del amor nunca coinciden con el mundo jerarquizado. Lo más interesante está fuera de cualquier límite. “Cuando conocí a Kaidú, el perro de Juan, no imaginé que me casaría para toda la vida”, dice Aína sobre ese perro llamado así por el último kan mongol rebelde, una mezcla de ovejero y collie, de pelo castaño brillante y con reflejos dorados, que anda suelto y sin correa. ¿Cómo “vivir juntos” sin delimitaciones de espacios y tiempos?, se pregunta Aína, un interrogante que incluye a los tres, pero que interpela especialmente a ella, porque después de la convivencia familiar adolescente con su madre y sus hermanos nunca compartió con nadie espacios físicos y emocionales de manera permanente. En la extraordinaria Kaidú (Tusquets), la quinta novela de Paula Pérez Alonso, la escritora y editora despliega una gran historia de amor en la que no hay oposición entre animal y humanos. Desde un tono narrativo condensado, que oscila entre el asombro y la serenidad del encuentro con un otro, el libro dialoga también con el movimiento animalista y la lucha contra el especismo.

Hay un perro como Kaidú en la vida de Pérez Alonso (Buenos Aires, 1958), editora de ficción y no ficción en la editorial Planeta, autora de las novelas No sé si casarme o comprarme un perro (1995), El agua en el agua (2001), Frágil (2008) y El gran plan (2016). Ese perro le permitió luchar contra aquellos que aún creen que no hay nada más allá de las construcciones racionales humanas. Su sensibilidad como narradora está a flor de piel, pero nunca apela a la desmesura ni mucho menos a los golpes bajos. Emociona porque logra que sus lectores oigan acercarse a Kaidú con sus pasitos leves al final del libro.

-¿Por qué la narradora de la novela se siente “inadecuada”?

-Ella es una mujer que ha esquivado la convivencia con cualquier persona desde que dejó la casa familiar. Cuando ella ve la relación que tiene Juan con Kaidú de tanta armonía, en un departamento en Buenos Aires, donde dos pueden estar cada uno en su territorio, y al mismo tiempo compartir espacios y moverse sin que haya ningún conflicto, a ella le genera una pregunta. Para ella eso no había sido algo atractivo hasta ese momento. Pero los ve a ellos vincularse de ese modo como pares sin ningún tipo de disputa, de dominación, de poderes. El tema de la lucha por el dominio está muy presente en la novela, y justamente es eso lo que a ella la convoca y la cautiva porque nota que esa manera de jugar como pares (Kaidú va caminando al lado, sin correa, para en las esquinas, no necesita casi indicaciones), todo eso a ella le hace pensar que tal vez exista la posibilidad de un mundo sin jerarquías, donde no haya esta disputa por el poder constante en las relaciones entre las personas, y entre las personas y los animales. Nunca había tenido una relación con un perro de tanta cercanía, entonces empieza a ver las cosas de otra manera.

-¿Ese ver de otra manera la enfrenta al problema de la palabra «mascota»?

-La palabra «mascota» que antes no le hacía ruido ahora no la soporta porque cosifica al perro; es algo que está función del dueño porque es una compañía, una gracia, si hace caso, si es obediente. Kaidú no es una mascota y la empieza a violentar mucho la palabra. Ese sentimiento de inadecuación tiene que ver con que ella ha permanecido preservándose de muchas experiencias, y la iba llevando bastante bien dentro de sus coordenadas y convenciones. Ella está un poco atrapada en una cajita porque trata de entender cosas que no vale la pena etiquetar, buscar definiciones, clasificaciones. Se va dando cuenta de que todo eso lo tiene que ir desmontando porque con alguien como Kaidú no corre y no puede usar las coordenadas habituales. Se le escapa por todos lados. Tiene que volver a pensar de nuevo, deconstruir categorías y construir otras que sean más amplias. Es un desafío enorme y el sentimiento de inadecuación ella lo va descubriendo a medida que ve que la relación con Kaidú va adquiriendo una intimidad que a ella no la perturba, que no la asusta. Ella se da cuenta que esa intimidad, esa cercanía con otro, no es amenazante.

-La narradora plantea que uno de los problemas tiene que ver con la prisión que implica el pensamiento cartesiano y los binarismos. La novela propone también una reflexión sobre cómo es el vínculo con los animales, ¿no?

-Exacto, ella se va dando cuenta de que no hay que tratar de apresar con un pensamiento cartesiano, binario, que nos viene de Platón. Hay una forma de vida, hay zonas y dimensiones en la que esta concepción binaria no tiene nada que hacer porque lo único que logra es restringir, empobrecer, y lo que hace falta para seguir experimentando todo esto que es imprevisto es permitirse devenir otra cosa. Kaidú opera como si fuera un maestro oriental, sin querer enseñar va mostrando un camino de cómo devenir otra cosa, cómo pasar al otro lado. Un poco lo que plantea (Friedrich) Nietzsche que los animales me guíen; Nietzsche apela al niño, apela al animal, a que el animal es el puente entre el niño y el superhombre. Y el superhombre sería, para decirlo sencillamente, aquel que se da cuenta de que no hay otro plano de trascendencia en la vida, que es pura inmanencia y que puede vivir en esa inmanencia feliz, y puede vivir con esa materialidad y decir “esto es todo”, “no aspiro a otra cosa”, “no aspiro a un futuro, a que hay algo más”, a esas promesas a las que estamos tan acostumbrados. Ese devenir animal, que es lo que (Gilles) Deleuze y (Jacques) Derrida siguiendo a Nietzsche convocaban al pensamiento también, a pensar peligrosamente.

-¿En qué sentido es un pensar peligroso?

-Con esta novela sentí que pensaba un poco peligrosamente porque me iba de un límite establecido al pensar un perro que fuera tan particular, tan expresivo, y que nos quitara esa relación de confort del perro “doméstico”, que casi que completa la escena familiar. Encontrar tapa para el libro fue un lío porque todas las fotos de perros que aparecían eran de armonía, bienestar y máxima felicidad, y esto tenía que ser algo incómodo, algo que te interpelara. Al final, encontramos la foto de tapa del libro en la que el perro es el centro y mira, y vos decís: ¿qué está pensando, qué está interrogando? Salir de todas las novelas con perros, que muchas son muy lindas y son casi un género. Pero lo que yo quería escribir era algo más disruptivo, sin querer provocar, sin ánimo de escandalizar por el hecho de que una mujer pudiera amar a un perro y sentirse amada por un perro profundamente.

-¿El tono contenido de la narración fue deliberado?

-Sí. Eso que podría sonar arriesgado está muy contenido por la forma. Por eso quería que fuera una novela corta, para que fuera bastante autocontenida. Cuando menciono a (Charles) Darwin o a (John) Dupré nunca es queriendo decir algo, sino que aparecen pensamientos que te interrogan, que hacen preguntas, es como decir sin decir. Al final es una especie de educación sentimental, que alguien aprende algo, pero no hubo ninguna intención de enseñar nada, ni de dar directivas, ni de bajar línea ni decir cómo son las cosas. ¿Qué pasa cuando el mundo no tiene jerarquías, cuando no hay un dominador y un dominado? Es una gran incógnita que interpela mucho porque es posible. Mucha gente ha leído la novela como una historia de amor de una mujer con un perro, pero yo creo que es un triángulo porque la figura del tres es muy importante. No es que Juan acompaña, tipo función; él arma algo entre los tres que justamente es lo que le llama la atención a la protagonista. Esa forma de estar en el mundo está habilitada por Juan.

-El trabajo de la novela no consiste en “humanizar al animal” en términos de comportarse como un hombre, sino que es Aína la que deviene animal. ¿El devenir animal de la protagonista fue algo buscado?

-Sí, todas las preguntas que le van apareciendo cuando observa cosas de Kaidú y de otros perros, y ve que otros perros no son igual que él, que hay una variedad enorme. El punto de inflexión es cuando ella se va quedando más a solas con Kaidú y ahí se da cuenta de que nada de todo ese pensamiento que lo humanizaba a Kaidú le sirve. Entonces es cuando ella se entrega y deviene animal. Es ella la que lo va siguiendo. Esa es la posibilidad de vivir en el presente, y que haya felicidad y goce y un espacio de libertad enorme sin pensar en qué va a pasar mañana. Kaidú impone la posibilidad de estar en el mundo muchísimo más gozosa.

“Empecé a tener los pensamientos que aparecen cuando uno se enamora”, confiesa Aína en la novela. “Llegaba la hora de ir a lo de Juan y me imaginaba cómo me estaría esperando Kaidú, con cuánta ansiedad y alegría me recibiría, cómo sería nuestro encuentro. Y cuando me acercaba a su casa pedaleaba la bicicleta sin apuro y, con emoción contenida, anticipaba el momento en que los dos, sentados en el umbral de la casa, me esperaban en silencio. Esa escena me regalaba una felicidad que no se parecía a ninguna otra”. En la intimidad y la proximidad con Kaidú aprecia la gracia mayor de lo diverso. “Observarlo me resulta fascinante. En él nada es previsible. Pertenece a otra especie. No reconozco algo propio ni me identifico en sus manifestaciones; no es como yo o como alguien que yo conozca; es él. Lo amo en su diferencia”, admite Aína.

-Hay una tensión en la novela entre ese “volver a la calle” de Kaidú, cuando se escapa, y el nomadismo de Juan. Quizá el nomadismo sea como ese volver a la calle, ¿no?

-El nomadismo es el movimiento que no se puede sujetar, es el movimiento constante que con nuestra razón queremos apresar y etiquetar para dejarlo en una cajita que nos tranquiliza, y justamente el nomadismo es vital porque no acepta ser sujetado. Sentía que esta novela era una novela del devenir y el texto también es un devenir constante, porque no es concluyente, está todo el tiempo deviniendo. El nomadismo vital tiene que ver con el aceptar este movimiento constante, y que no podemos sujetarlo ni impedirlo y que lo que es deseable, y ojalá sea posible, es que pudiéramos vivir un poco fuera de esas cajitas en las que nos hemos metido nosotros mismos. Esa frase que dicen Deleuze y Guattari en Mil mesetas, liberar la vida allí donde está cautiva. La novela, en su deriva, busca rehuir de la idea de un mundo ordenado, del mundo previsible, del mundo que está concebido de una manera y que entonces hay que tratar de responder o de tranquilizarnos con ese orden que queremos darle. En un momento de grandes colapsos, crisis y enormes incertidumbres, como plantea Donna Haraway; esto no es el fin del mundo, no hay milenarismo, ni tampoco salvacionismo, sino que ella dice que todas estas crisis y todas estas revueltas van a seguir y está en nosotros establecer menos reproducción y más parentesco. Si hubiera más parentesco, si fuera posible generar relaciones de comunidad más fuertes, con mayor conciencia de la destrucción de que somos capaces y de todo lo que nos excede, porque somos una gotita en el océano y nos autodestruimos, el mundo sería mucho más habitable. Somos un elemento más dentro de un universo enorme.

De Spinoza a Nietzsche

Lecturas de filosofía animal

-¿Qué filósofos y pensadores leíste que entran en sintonía o diálogo con “Kaidú”?

-El año pasado leí a (Baruch) Spinoza; Rodolfo Rabanal me decía muchísimo: “leé a Spinoza, aunque no entiendas, seguí leyendo…”. Aproveché la pandemia y el encierro para leer a Spinoza, y la verdad es que es deslumbrante. Spinoza derriba el platonismo y después el cartesianismo, y presenta un mundo en el que uno quisiera vivir. En la época de Spinoza era imposible no pensar en un dios; no había pensamiento filosófico sin dios, y él dice «la naturaleza es dios». Después de leer la Ética y las cartas que escribió, los vectores de su pensamiento son tan liberadores que yo ya tenía escrito Kaidú y no retoqué nada a partir de la lectura de Spinoza, pero me dio tanta alegría haber escrito un libro que estuviera tan en sintonía con Spinoza. Después volví a leer a Nietzsche, Así habló Zaratustra, que me había irritado muchísimo el tono aleccionador, y encontré tanto… para él los animales son más míticos. ¡Qué liberador que es Nietzsche! Y cómo no pierde vigencia y se sigue leyendo porque tiene esa enunciación tan fuerte. También leí a (Ludwig) Wittgenstein, a (John) Dupré y el libro Historia natural y mítica de los elefantes, de (José Emilio) Burucúa; a Paula Fleisner, que se dedica a estudiar a (Giorgio) Agamben y que habla mucho de la animalidad; a Donna Haraway y a Vinciane Despret, que escribió ¿Qué dirían los animales…si les hiciéramos las preguntas correctas?

Fuente: Pagina 12

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