David Cronenberg vuelve con «Crímenes del futuro» al terror más crudo

En los últimos tiempos, el cineasta canadiense había atemperado sus exploraciones del «terror corporal». Pero su nuevo film llega con una sintonía con los tiempos actuales que puede producir mucho ruido.

Es, sin dudas, la escena más famosa de Scanners, los amos de la muerte (1981). Un elegante hombre de negocios, con gafas y cuello blanco (Louis del Grande) está sentado en una sala de biblioteca. De pronto empieza a hacer muecas y retorcerse. Sus dedos se agitan de una manera aún más maníaca. El público observa con una oscura fascinación. Finalmente, su cabeza explota con una enorme, orgásmica erupción de sangre y tripas.

En Cuerpos invadidos (Videodrome, 1983), una cinta de videotape empieza a pulular y palpitar. A Max (James Woods) se lo invita a «abrirse» antes que el casete sea insertado en una ranura horizontal en su estómago. Cuando Max mete la mano en sus propias entrañas, el videocasete misteriosamente se ha convertido en un arma. Una voz en la cabeza le dice: «Matá a tus compañeros».

Y estuvo también Rabid, de 1977. Después de un accidente de carretera, Rose (Marilyn Chambers) es sometida a una cirugía plástica radical, que da como resultado un fálico aguijón chupasangre que crece de su axila.

Estas son típicas escenas de «terror corporal» que aparecen en las primeras películas de David Cronenberg. Se pueden encontrar momentos similares en muchos otros títulos del realizador, como Pacto de amor (1988), con un Jeremy Irons que encarnaba a doctores gemelos que utilizan instrumentos ginecológicos siniestros en mujeres mutantes. O Festín desnudo (1991), adaptación cinematográfica de William Burroughs en la que una máquina de escribir toma vida propia, convirtiéndose en una criatura similar a un cangrejo que se retuerce. O La mosca (1986), con Jeff Goldblum convirtiéndose en un gigantesco insecto. O la adaptación de J. G. Ballard Crash (1996), que explora la fatal fascinación erótica depositada en autos y presenta una notoria escena de un personaje que tiene sexo con una herida en la pierna de la víctima de un accidente.

Crash.

Es difícil no sentir cierta nostalgia por todos esos momentos shockeantes. Cronenberg estaba trabajando en el momento cumbre de los «horrores en video». Invariablemente, sus películas desataban reacciones bien diferentes. Siempre había algunas reseñas listas para incluir la palabra «infame», y para describir su trabajo «enfermo más allá de los límites de la depravación«. Al mismo tiempo, otros podían celebrarlo como el más reciente cultor de una gran tradición cinematográfica que se extendía hasta Un perro andaluz (1929), la obra maestra del surrealismo dirigida por Louis Buñuel y Salvador Dalí, que comenzaba con una escena en la que un globo ocular era rajado por una navaja.

Cronenberg era una figura subversiva de modo natural. El no consideraba a los cuerpos de la misma manera que otros directores. «Cuando miro a una persona, veo este maelstrom de caos orgánico, químico y de electrones, volatilidad e inestabilidad trémula; y la capacidad de cambiar y transformarse», apuntó una vez.

Aun aquellos que odiaron o desaprobaron las películas de Cronenberg estaban secretamente atemorizados por su inteligencia y su amplio marco de referencias. El no estaba haciendo películas que simplemente explotaran el género, Estaba sondeando los tabúes y explorando cómo la tecnología estaba cambiando tanto la conducta humana como la fisiología misma. Era un poeta de la mutación sexual y la enfermedad. Sus películas tenían también un humor macabro. Tal como reconoció en una entrevista con el autor Serge Grünberg, quería provocar al público. «No quiero hacer una película que sea amada… estoy buscando una especie de reacción compleja. Si alguien queda perturbado o enojado, pero de alguna manera también seducido y atraído al mismo tiempo, entonces es algo que me agrada.»

Hasta hace poco, de todos modos, pareció que el momento del director canadiense ya había pasado. Sus ideas habían sido absorbidas por el mainstream. Películas recientes de Marvel como Morbius (2022), en la que un enfermizo científico consigue una fuera sobrehumana al absorber los genes de murciélagos vampiros, o Venom, con Tom Hardy conquistado por un parásito alienígena, tienen líneas argumentales que, una generación atrás, podrían haber estado presentes en historias de Cronenberg más que en los típicos «tanques» para el verano.

El mismo Cronenberg parecía desilusionado con el arte del cine. En varias entrevistas adoptó un tono extrañamente quejumbroso, al estilo de Mr. Magoo, declarando que había dejado de ir al cine porque no encontraba ningún lugar apropiado para estacionar. Sus producciones más recientes, Un método peligroso (2011), Cosmópolis (2912) y Polvo de estrellas (2014), se alejaron del sistema de terror corporal con cabezas explotadas, explorando en cambio la histeria de la era freudiana y las neurosis psicológicas de las estrellas de cine de Hollywood y su entorno. Llegó a sugerir que quizá ya no haría más películas.

Es por eso que resulta reconfortante ver a Cronenberg retornar al Festival Internacional de cine de Cannes con una nueva producción, Crímenes del futuro, que promete tener todo lo necesario para revolver estómagos, tanto como las más sangrientas y extremas primeras películas del realizador. Incluso tomó el título y algunos de sus temas de una de sus propias películas de los setenta con el mismo nombre. La primera Crimes of the Future trataba de un dermatólogo en fuga tras asesinar a «la población entera de mujeres sexualmente maduras» con cosméticos que tenían efectos colaterales letales.

«Me llenás de un deseo de cortarme la cara» le dice Léa Seydoux a Viggo Mortensen en uno de los clips incluidos en el trailer de la nueva película. Los fanáticos de la primera hora de David Cronenberg son los primeros en disfrutar que la película esté llena de una imaginería de instrumental médico de aspecto amenazante, cuerpos atravesados y carne herida y ensangrentada.

Mortensen interpreta a un artista de performance avant-garde que parece estar traficando órganos robados. Ha abrazado el «Síndrome de Evolución Acelerada» que le permite hacer crecer nuevos e inesperados órganos en su cuerpo. Seydoux aparece como su pareja y Kristen Stewart es una investigadora que sigue sus movimientos.

Los sitios de fanáticos del género de terror están teorizando que la película desatará una ola de caos y controversias. «Los últimos veinte minutos son verdaderamente desafiantes. Serán de esperar salidas de la sala antes de tiempo, desmayos y auténticos ataques de pánico (¡yo mismo tuve uno!)», describió un programador anónimo en el sitio web World of Reel, tras salir completamente conmocionado de una primera proyección.

Podría ser un considerable logro para Cronenberg, quien cumplirá 80 años en 2023, que provoque tanta furia con su nueva película como con trabajos incendiarios como Rabid Crash. En estos días, cuando asiste a festivales, generalmente es para que le entreguen premios a su trayectoria antes que por amenazas de ser vedado. De cualquier manera, esta clase de terror corporal parece hoy más relevante que nunca. En una era de pandemia, hackeos, inteligencia artificial, ingeniería genética, videos deepfake y cirugías plásticas extremas, las bizarras transformaciones que él acostumbraba mostrar en películas de ciencia ficción se han vuelto crecientemente comunes. En su película de 1999 ExistenZ, mucho antes de los cascos Oculus y el crecimiento de los videojuegos de realidad virtual, Cronenberg postuló la idea de que los videojuegos podían ser conectados directamente al sistema nervioso de los jugadores.

Kristen Stewart, Viggo Mortensen y Léa Seydoux en Crímenes del Futuro.

El reciente cortometraje documental Terror Contagion, de Laura Poitras, cuenta una historia contemporánea que podría perfectamente provenir de una película de Cronenberg. Ella investiga cómo el spyware Pegasus creado por el grupo israelí NSO Groups Technologies está siendo utilizado por gobiernos represivos para acosar e intimidar a sus críticos. Una vez que se mete en sus teléfonos celulares, sus secretos más íntimos son revelados, justo como todos esos personajes de Cronenberg suelen encontrarse cuando sus cuerpos son infectados por virus o su ADN es manipulado.

«Lo que es realmente perturbador de esta clase de violencia digital es el vínculo entre la violencia digital y la violencia física del mundo real», señaló recientemente Poitras sobre el spyware Pegasus. Sus palabras son escalofriantes. No estaba hablando de alguna película de ciencia ficción futurista, sino sobre activistas de derechos humanos convertidos en blanco de gobiernos hostiles, sufriendo intimidaciones y a veces, como en el caso del periodista Jamal Khashoggi, efectivamente asesinados.

Hay una sensación, entonces, de que el mundo real está poniéndose al día con las ideas que David Cronenberg ya estaba explorando algunas décadas atrás. El director, de todas formas, ha demostrado largamente una habilidad para la metamorfosis y la reinvención que coincide con la de sus propios personajes de ficción. Es por eso que hay tanta expectativa y tanta excitación construida alrededor de su nueva película, y del adecuado regreso del realizador al siempre fértil campo del verdadero terror corporal. Tal como él mismo bromeó recientemente, todavía tiene «algunos negocios sin resolver con el futuro».

* Crímenes del futuro se verá en competencia en el 75° Festival Internacional de cine de Cannes, a realizarse entre el 17 ty el 28 de mayo.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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